Noche agria, luz al atardecer
La voz del posadero había asentado las olas en el corazón de Mac, cuando escuchó que ningún niño había desaparecido del pueblo. El aliento volvió a sus pulmones y respiró aliviado. Entonces todo había sido una prueba espectral, había fallado, pero el destino había sido misericordioso. Sin embargo, como si una fuerza rechazara su calma, una voz le susurró al oído: la nota, ¿recuerdas la nota que te dieron? Un escalofrío recorrió su cuerpo. Mientras el posadero miraba distraído, Mac palpó la nota en su bolsillo… era sólida como el piso sobre el cual reposaban sus pies. Sacó y la leyó aún con un ligero hálito de esperanza.
El texto… no ¿acaso me atrevería yo a revelar lo que pronunciaba el texto maldito? Cada frase… cada palabra… cuidadosamente diseñado y detallado para destruir específicamente el alma de quien lo sostenía… Los dedos de Mac comenzaron a temblar involuntariamente. Uno de sus compañeros bajaba por las escaleras… pero antes de trabar contacto, Mac garabateó una nota y la encargó cortésmente al posadero pidiéndo que la entregara a sus compañeros. El posadero, algo desconcertado, miró las sombras en los ojos tristes del elegante caballero y recibió la nota respetuosamente y en silencio, asintiendo débilmente con la cabeza. La nota rezaba “Espero que puedan esperarme”.
Mac salió de ahí caminando con firmeza, ágil y apresuradamente, no queriendo dejar rastro, evitando llamar la atención de transeúnte alguno. Necesitaba estar solo, necesitaba estar donde nadie pudiera verlo, ni encontrarlo. La esquina de casas abandonadas donde los espíritus se habían hecho presentes, ese debía ser el mejor sitio, no esperaba encontrar ya nada ahí, y difícilmente habría alguien.
Caminó apresuradamente sobre la arena de la playa, el aroma a pescado, los tabis dejando huellas de dos dedos, que borraban arrítmicamente, las olas del mar. Cinco… diez… quince minutos… tal vez más. La agonía se prolongaba con cada paso que daba sin poder alcanzar su destino. Contener lo que se encontraba dentro de él era como intentar encerrar un huracán, la violencia de los vientos, los relámpagos entre las sombras mojadas con el agua alebrestada. Pero esa tormenta, estaba sólo dentro de su alma. A los ojos de cualquiera que mirara, sólo se vería caminar a un hombre apresurado.
Las casas destartaladas con sus batientes puertas reposaban en calma, lejos de toda mirada y faenas de los mortales. La brisa del mar acariciaba las alicaídas paredes, que parecían respirar de la vida misma por el puro gusto de estar presentes.
Mac entró en alguna de las casas ¿tal vez la segunda? No quiso ni siquiera contar en cual. Azotó la puerta y fue como si una llamarada acabara de encender el horno de un artesano. Rabia, ira, negación, furia, dolor, todo explotó con Mac arrasando contra los restos de los muebles abandonados en aquella casa mientras gritaba “¡Imbécil! ¡Estúpido! ¡Soy el más grande de los idiotas!”. La vieja mesa salió volando y quedó partida en dos. Trasteros, sillas, puertas, cada golpe era certero y devastador. Una persona normal se habría hecho mucho más daño en manos y pies, pero el entrenamiento de Mac hacía que los cortes y agujeros fueran precisos. Cada vez que un mueble cedía limpiamente Mac se sentía aún más frustrado… si alguna vez llegaba a tener un desliz y se equivocaba, sonreía satisfecho diciendo para sus adentros bien, pero fueron muy pocas las ocasiones. Finalmente… cuando hubo aceptado la realidad de la nota… cuando hubo pensado que inclusive si fuera falsa no haría diferencia alguna… cuando dejó de preocuparle quién habría sido capaz de diseñar semejante prueba y porqué… cuando cayó en la cuenta de que había olvidado que era tan sencillo encontrar porqués, dadas la naturaleza de él y del niño, cuando se adentró en la pregunta que más torturaba a su alma ¿porqué dejé morir al bebé? ¿en qué preciso momento fallé? En ese preciso momento hubo una perturbación en el fluir del ki dentro de aquella casa…
Lo que ocurrió en aquel momento quedó oculto a los ojos de todo universo. Lo que dentro se forjó no fue visto, ni percibido por nadie… más que por quienes estaban dentro. ¿Cómo puedo marcar el paso del tiempo, usando palabras que describan el vacío dejado por las horas ausentes en esta historia?
Cuando hubo terminado, Mac estaba de rodillas sobre las maderas en el centro de la habitación. La banda de su familia que llevaba enrollada alrededor del brazo derecho, la cual fuera, ya de por sí, gris, tomaba ahora, paulatinamente el color de la ceniza… como papel que se quema y se convierte en carbón, al punto de que parecía estar hecha de humo y liberar partículas de papel quemado con el soplar del viento; pero era sólo ilusión óptica, la banda seguía igual, lo que había cambiado era su color. El cuerpo de Mac estaba tenso… finalmente la furia había dejado paso a la tristeza. Pero no una tristeza cualquiera, no la tristeza que se llora y se va, no… Mac sentía el llanto desgarrador de algo que transforma y dejará marca para siempre. Acababa de hacer un juramento y al tiempo que temblaba ante él, se preguntaba por su hermano y le pedía perdón. Mac lanzó un grito, más bien un alarido, el dolor que sentía recorría cada nervio y célula de su cuerpo, así, con los brazos caídos y el rostro mirando hacia arriba finalmente comenzó a llorar. Las lágrimas fluyeron copiosas y cada sorbo de aire era como una tortura para sus pulmones… un grito más hizo eco en la casa vacía, pero no había nadie que escuchara. Luego se arrastró como pudo y colocó su espalda contra una pared. No exagero si digo que habrán pasado unas tres horas antes de que él hubiera dejado de llorar. Sé que, mientras lloraba, cientos de imágenes y pensamientos, varios escenarios, múltiples ideas y preocupaciones le impedían detenerse. Necesitaba analizar… resolver cada detalle… encontrar el momento preciso, la respuesta correcta… necesitaba no sólo la primera resolución, necesitaba propagar todas las consecuencias hasta la última fibra de sus ser, tanto como le fuera posible en el corto tiempo que le quedaba. Sí, porque quedaba poco tiempo, los Mata-Trinkis debían entregar una medicina y les esperaban nuevos retos en Chernavar, no podía tomarse demasiado tiempo.
Desde el interior de su alma, se paró entonces, como Atreyu, frente al espejo mágico. Pero eligió verse en el preciso instante en que falló para proteger a su hermano… debía encontrarlo, debía encontrar qué y en qué momento provocó que tomara una decisión equivocada ¿cuál de todas fue la culpable?¿y por qué?¿cuál fue el preciso instante? La primer gran razón ya estaba saldada… pero faltaba algo más, algo que debía dilucidar con más detalle.
En el espejo, Mac vio muchas cosas. Pero en el preciso instante que buscaba encontró lo siguiente:
Bach tomó al pequeño y creó una conexión con él… lo que vió y sintió Bach fue hermoso. Pero entonces algo falló… Mac quiso golpear la puerta para pedir cuentas y explicaciones al extraño ser que le diera orden tan cruel… pero el bebé continuaba en sus brazos. Ese fue el error: ahí estuvo el sin sentido. Mac regresó un poco sus recuerdos: la pequeña Erin había querido tomar al bebé y salir huyendo, Mac comprendió que esa era la respuesta: ¡correr! ¡más aún! La pequeña niña podría correr y pasar desapercibida mientras ellos la protegían. “¡Erin, Erin! Mi pequeña y preciosa niña ¿por qué no te hice caso?”, pero no quiso aún entregar al bebé, necesitaba primero saber porqué… ¿deseaba entonces haber entregado ahí al bebé? No. No porque, al conectar al bebé con Bach pasó algo… algo casi mágico: las imágenes y las sensaciones… el rostro de Bach, su reacción ante lo que vió le había dicho mucho. Aquel pequeño instante valía una estrella, ese era el regalo de su hermano. ¿Deseaba acaso rechazarlo? No. ¿Podría conservar a ambos? ¿A Bach y a su hermano? Su vínculo con Bach se había vuelto incluso más fuerte que antes. Si pudiera retroceder en el tiempo ¿era demasiado ambicioso? ¿habría una salida? ¿cuál sería el veredicto? ¡Claro! Hélo ahí, ese pequeño instante que estaba buscando. Esto fue lo que vio en el espejo:
Gula. Mac se vio engolosinado con la misión, se olvidó de la fragilidad del pequeño a su cuidado, el calor y la ternura de su ser entre sus brazos… no quiso soltarlo… no quiso dejarlo ir… y he aquí su primer pecado.
Egoismo y ¿vanidad? Mac se centró en su deber, en su tarea, olvidó a los suyos, a sus compañeros. Por eso olvidó a sus compañeros, por eso olvidó los brazos de la pequeña niña que estaba lista para salvar a su hermano. Mac debió recordarla y entregarle al niño. ¡Erin! ¡Erin! ¿cuántas veces te hemos olvidado? Entonces podría concentrarse en distraer al asqueroso ser que había dado la orden con semejante odio.
Mac siguió buscando… sabía que esa era la punta, pero que debió emerger desde algo aún más profundo; trató de viajar en tiempo, hacia adelante y hacia atrás siguiendo cada traza que hubiera podido desembocar en todo cuanto pasó aquella noche y otras más, reconstruyendo sus pensamientos y emociones hasta visualizar su personalidad completa, también encontró presunción, miedo y cobardía. Ignoró de momento lo bueno. Quería enfocarse en aquello que quería transformar. Mac se miró en el espejo y observó, una vez más, su horrible oscuridad. El monstruo en que se convirtió por ese pequeño instante, su historia y el precio tan alto que pagó su hermano por ello. La pena y la vergüenza recorrieron cada parte de su ser. Conocía la verdad. ¿Cuánto tiempo le tomaría arreglar semejante descompostura? Pudiera parecer un desliz insignificante para el ojo no entrenado… o por el contrario… pudiera su verdad ser demasiado evidente... pero él sabía de la simiente aún más profunda y del grado de exigencia que debe tener para consigo mismo. Él sabe cuán no trivial resulta arreglar algo así. Para él… no es pretexto. Esa es su tarea, es la primera de todas… ese es el primer paso de todo Yara, en preparación a la realización de su deber, sólo entonces… sólo entonces cuando el amor sea el único rector de cada uno de sus actos, por incomprensibles que éstos puedan resultar, solo entonces pueden aspirar a cumplir su encargo. Recordó entonces la visión que tuvo al sostener al niño y recibir la orden “asesinar, cruelmente”. ¿Sabría alguien lo que vió en ese instante? ¿A saber? La duda estaba presente… ¿por qué fue eso lo que vi?
Mac ahora respiraba profundamente. Lo había encontrado. Había encontrado a su enemigo. Pero sólo quedaban unas horas. ¿Cuánto tiempo podrían esperarlo los Mata-Trinkis? Aún así, no estaba listo. Se sentía deshecho, desesperado, adolorido… era sombras. Sabía que no podría llevar semejante carga con los otros… un duelo, se entiende, incluso se espera… pero ¿esto?
Mac como pudo salió de la casa. Ya era de noche. Miró de frente al océano, las olas nocturnas. Caminó hacia una palmera y se sentó a meditar frente a ella. Vinieron a su mente, palabras que parecía no haber escuchado hace demasiado tiempo… palabras de luz y esperanza, como enviadas desde un lugar lejano, como si la noche agria hubiera durado en realidad una eternidad entera. Siguiendo el consejo de aquellas palabras, enfocó su mente en el rostro de Bach y en el espíritu de su hermano y una sonrisa se dibujó en sus labios. Lágrimas fluyeron una vez más por sus mejillas, pero esta vez sí eran lágrimas más sanas. Hora tras hora buscaba calmar sus sentidos… encontrar respuestas… desenredar la maraña… cada cosa, cada detalle que aún le molestaba, cada traza de esperanza. Ageli, Brandr, Dartak. Respiró profundo y a ritmo lento… pudo sentir cada latido de su corazón y aire entrar, llenar y escapar de sus pulmones. Esa noche no durmió prácticamente, pero eso tampoco importaba mucho. De hecho… hubiera pensado que se habría sentido mejor como cualquier humano en su situación, que hubiera sentido al día siguiente los efectos del desvelo… pero Mac no sentiría nada de eso. Así que respiró una vez más abrazando la razón de ser de su destino… sí, aquella noche también le mostró porqué… Uno por uno fue desenredando los nudos de su corazón y los asuntos que debería atender. Sabía el qué, pero importaba el cómo y, más aún, el porqué.
A la mañana siguiente se volvió consciente de un sonido que casi había perturbado su concentración durante la noche. Bueno, había decidido ignorarlo. Volteó la mirada hacia su lado izquierdo. Muy cerca de él había un coco. Pudiera haberle caído en la cabeza… pero el coco había optado por ponerse a su lado y ofrecerle un refrescante desayuno. Mac abrió el fruto con un golpe marcial. El traslúcido contenido se derramó sobre la arena, pero quedó un poco en las mitades, bebió y comió un poco. El sabor cosquilleó en su lengua como una campanita de alegría. Qué cosa más curiosa.
Sin terminarse el coco, pero habiendo desayunado tanto como necesitaba, se puso de pie y caminó nuevamente hacia el mar. Se sentó sobre la arena de modo que las olas, en su ir y venir, lo cubrieran hasta la cintura. Mientras el agua trazaba fielmente los movimientos que le indicó el destino, Mac sacó de su bolsillo la infame nota, la sostuvo frente a sí con ambas manos, los brazos relajados sobre sus rodillas, de forma que cada ola que lo alcanzaba sacudía e iba mojando el papel. Agua y sal fueron y vinieron una y otra vez zarandeando el rígido papelito. Mac permaneció así por horas, sintiendo cómo, poco a poco, el papel se iba remojando y desbaratando entre sus manos. Sus manos se separaron solas cuando el mar hubo terminado la ceremonia. Su silencio era su homenaje.
Pero entonces sucedió algo que Mac no esperaba. Frente a la mirada de su mente, decenas de secretos se revelaron serenamente. Frases e historias teñidas confusamente se develaron revelando luz cubierta bajo las sombras, sombras disfrazadas de luz, sutiles desengaños se desentramaron frente a él aclarando significados por largo tiempo estudiados pero jamás limpios del todo y algo más… se sumergió aún más en las profundidades de todas las cosas encontrado algo… algo precioso, inexplicable, inalcanzable y a la vez siempre presente. Se dio cuenta de lo pequeño que era. “Su sangre está en tus manos”, ahora la frase de la nota cobraba para él nuevo significado y respondió “Perdóname ¿cuántas veces te he matado? ¡cómo quisiera no volverte a asesinar! Pero sin tí ¿cómo puedo evitarlo?” Durante aquel medio día, también había recibido un regalo a través de su hermano. Lo que Mac miró… tampoco lo podemos ver nosotros. Pero giró las palmas de sus manos hacia arriba, modificó la postura de sus pies, quedando sentado como los japoneses cuando se disponen a tomar los alimentos. Agachó la cabeza e inclinó el cuerpo hasta tocar la movediza arena con la frente. Las olas fueron y vinieron cubriéndolo y descubriéndolo, a veces ahogándolo, a veces dejándole respirar. No permaneció así mucho tiempo, de hecho la marea se llevó al mar y quedó sólo él sobre la arena. Se levantó entonces serenamente y caminó hacia el interior de una de las casas.
Mac buscó un rato en las recámaras, hasta que, afortunadamente, encontró lo que necesitaba. En un cajoncito halló una cajita de metal con aguja e hilos en su interior. Los hilos debieron ser de muy buena calidad, porque a pesar de los años en el abandono aún eran resistentes, aunque los colores se mostraban desteñidos y afectados. Mac tomó el que, en su tiempo, debió haber sido de un blanco brillante, pero ahora era un amarillento blanco irregular. Ese serviría el propósito.
Era ya más del medio día cuando Mac comenzó su tarea. Trabajó diligente, cuidadosa y apresuradamente… pues debía volver con los otros. Pero no podía ser descuidado. Bordó, en la espalda de su traje, la imagen de una flama. El bordado quedó muy bien, pero su color era una mezcla extraña entre amarillo viejo y segmentos bien cuidados de color blanco. Pero eso parecía adecuado.
Mac volvió a vestir la prenda y caminó serenamente de regreso a la posada. Ahora podía preocuparse por otras cosas: ¿por qué estaban ahí esas creaturas? ¿cómo tuvieron acceso al niño? ¿Por qué lo quería aquel ser? ¿Estaba a caso su familia en peligro? ¿O era sólo él y el bebé había sido un daño colateral? La víctima había sido un Yara, eso ya le decía mucho. A lo largo de la playa se le vio caminar con la flama blanquecina/amarillenta a sus espaldas y la ilusión de las cenizas desprendiéndose de su mano derecha.
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