Lirio de pureza y ternura
Ageli fue confinada
en su templo desde que era sólo una niña, era estrictamente vigilada por sus
padres y maestro, todo con el fin de que se enfocará a sus lecciones y
enseñanzas para hacer la próxima Dimits'i de Jemiri.
Al limitar su
interacción con el mundo, ella era bastante torpe socializando y desconocía
mucho sobre el comportamiento humano. Sin embargo, la pequeña Ageligayi podía comprender
un poco sobre las personas como sus tradiciones y costumbres a través de los
libros, así que comenzó a utilizarlos para refugiarse y escapar de las
responsabilidades de futura Dimits'i.
Sus historias
favoritas eran, sin duda, las de romance, le gustaba imaginar al príncipe
rescatando a la hermosa princesa de sus aposentos y sellando su promesa de
eterno amor con un cálido y tierno beso. Ella deseaba muy en el fondo de su
corazón, ser rescatada de aquel templo que a sus ojos veía como una prisión.
Pero tenía sólo unos 15 años en ese entonces.
Era una tranquila
noche de la temporada de resguardo, cuando Ageli giraba de lado a lado sobre
aquel pequeño y suave futón, intentando conciliar el sueño. No habían pasado
más que unos minutos cuando un par de ruidos extraños captaron la atención de
la chica: eran unos pasos ligeros intentando ser discretos, acompañados de un
pequeño alarido de dolor. Hubo mucho silencio después de eso.
Ella, persuadida
por la curiosidad, decidió salir de su futón y dirigirse fuera de la habitación
con la mayor discreción posible, ya que sus padres dormían en la misma
estancia. Se deslizó silenciosamente por el pasillo del templo hasta llegar al
hermoso y espacioso jardín que éste poseía.
Ageli se abrazaba
a sí misma intentando a resguardar el calor que aquellas finas ropas de seda le
proporcionaban.
Caminó un par de
pasos sobre el frío pasto del jardín con sus pies descalzos hasta que el mismo
quejido que había escuchado antes la hizo detenerse. El sonido provenía de sus
enormes matorrales de sideritis tragoriganum, planta la cual le
correspondía cuidar.
Por un momento
pensó que estaba enloqueciendo, pero el quejido seguía oyéndose. Y a pesar de
que no sabía muy bien lo que encontraría, se acercó lentamente al matorral y
apartó los hierbajos gigantes, dejando a su vista una figura que, a los ojos de
ella, parecía humana. La cabeza de aquel ser se elevó hacia la dirección de Ageli
y la tenue luz de la luna iluminó su rostro. Era un joven con una larga
cabellera clara y china cubriéndole las orejas, con un ojo café y el otro con
un gris bastante opaco, ropaje simple y con vendas qué permitían resaltar sus marcados
músculos y pectorales.
Ageli se
sobresaltó e intentó esconderse tras los hierbajos que había apartado
anteriormente, dispuesta a salir huyendo por ayuda.
—Espera. — susurró
tranquilamente el joven misterioso. — No voy a hacerte daño. — estiró el brazo
hacia su dirección. — Estoy herido. ¿Puedes ayudarme?
Ella volvió hacia
joven que la miraba con dolor; no solía interactuar con mucha gente, pero al
verlo tan necesitado no pudo evitar auxiliarlo. Se acercó temerosa, el chico señaló
su pierna cubierta por unas vendas ensangrentadas. Ageli la retiro con sumo
cuidado haciendo pausas por los quejidos del joven. Sin decir nada, se levantó
y fue a un pozo que estaba dentro del templo, tomó una cubeta y la llenó de
agua, regresó donde estaba el chico, arrancó un pedazo de tela de su camisón y
lo sumergió en la cubeta, luego de exprimirlo comenzó a limpiar con precaución
la herida.
Después de varios
minutos de silencio desinfectando el corte decidió aplicarle magia para
sanarlo, pero no fue de mucha ayuda ya que recién había comenzado practicarla,
el hechizo apenas había logrado cerrar un poco del profundo corte.
—Me llamo Evan. — dijo
de la nada. Ella volteó a verlo con miedo. — te prometo que no voy a
lastimarte. — el corazón de Ageli latía con fuerza no sabía qué decir, así que
prefirió quedarse callada. Evan notó su nerviosismo y timidez y rio dulcemente.
— Gracias por curarme. — ella asintió con la cabeza en forma de reverencia y lo
miro a la cara: era ciego de su ojo izquierdo, lo que la sorprendió bastante.
Se avergonzó de
haberlo mirado fijo tanto tiempo así que retiró la mirada rápidamente. Él lo
notó.
—Descuida, no pasa
nada, puedes verlo más de cerca, si gustas. — intentó inútilmente iniciar una
conversación. Ella seguía muda, completamente avergonzada. — ¿Cuál es tu
nombre? — esta vez él estaba nervioso. — Puedes confiar en mí.
—Ageli...—dijo
finalmente con una dulce voz, él se exaltó en sorpresa, realmente no esperaba
que contestara, entonces sonrió.
Como muestra de
gratitud prometió regresar la noche siguiente con un regalo especial y así fue.
Ageli y por alguna razón estaba feliz de verlo de nuevo. Evan le entregó un
hermoso lirio blanco que aseguraba que era de su país natal; ella quedó fascinada
por el lindo presente.
Desde ese momento
ambos jóvenes formaron un fuerte lazo de amistad. Evan iba a visitarla todas
las noches. Ageli le contaba acerca de su vida en ese pequeño pueblo, le
hablaba sobre su religión y las habilidades y dones que los jemirisenses
poseían. Él la escuchaba con atención, lo que le gustaba mucho a Ageli, pues no
recibía mucha atención de parte de sus padres o maestro, pero Evan siempre la
oía y aconsejaba. Él ocasionalmente hablaba de sí mismo, optaba por hablar de
otro tipo de cosas interesantes como la astronomía o biología.
Con el paso de los
meses su relación se intensificaba, haciendo que ella comenzará a relacionar
las noches que pasaba con Evan con las emocionantes historias de amor que le
gustaba leer. ¿Y si él era el apuesto príncipe que la liberaría?
Era temporada de
la flor, a poco tiempo de la de cosecha cuando decidieron reunirse nuevamente, sin
saber que sería su último encuentro.
Esa noche era
diferente a las otras, ambos yacían recostados en el pasto del mismo jardín
donde se conocieron, el tema de conversación había sido sobre amor, ella
tartamudeaba durante la plática. Hablaron acerca de sus conceptos sobre el
amor, hasta que uno de los dos decidió interrumpir.
—Creo que hay
alguien… que me atrae. — dijo Evan con seguridad. Ageli sintió su piel
enchinarse.
—¿En serio? —
tartamudeo ella nerviosa. Él asintió, se reincorporó para sentarse y cruzar las
piernas.
—Es alguien dulce,
atenta y siempre dispuesta a ayudar...— ella se levantó y se sentó a su lado
adaptando la misma posición. — es muy joven y aún tiene mucho por vivir...
Ageli se mantuvo
callada, mirándolo fijamente a los ojos. Él le sonrió y comenzó a acercarse al
rostro de la chica. Ella sabía lo que iba a hacer a continuación, así que
decidió simplemente cerrar los ojos y esperar. Sus rostros se acercaron
demasiado, casi podían sentir la respiración del otro y sus labios estaban a
punto de tocarse.
—¡Alto ahí, sucio
ladrón! — exclamó el centinela que entró a la escena. Sacó una ballesta y
apuntó hacia Evan.
El anteriormente
mencionado reaccionó de inmediato, corrió y esquivo ágilmente las flechas que
el guardia le lanzaba, saltó la barda del templo y se perdió en la oscuridad
del bosque.
Sus padres y el
centinela del templo escoltaron a Ageli hasta su habitación. Desde esa noche le
otorgaron más seguridad y estricta vigilancia las 24 horas del día. Pero, a
pesar de eso, se las arregló para escapar sin ser vista la noche siguiente y lo
esperó... lo esperó hasta que los deslumbrantes rayos del sol alumbraron su
cara con ojos hinchados de tanto llorar.
Evan nunca volvió
a aparecer, pero en su lugar le dejó un último presente escondido entre los
matorrales de sideritis tragoriganum: un ramo de lirios de color rosa y
blanco, sin duda hermosos, acompañados de una nota.
"Mi querido lirio de pureza y ternura,
nunca me olvides, porque yo nunca lo haré."
En su recuerdo,
decidió plantar aquellas flores cerca de un riachuelo de agua fresca, único
lugar donde tenía privacidad a la hora de asearse. Todos los días iba a cuidar y
hablar con el bello matorral de flores en memoria a su, posiblemente, primer
amor.
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