Dysis

Las memorias de Erin

Dysis

No sé qué es esta sensación. No es el hecho de la crueldad con la que su cuerpo fuera partido en dos, no es especial repugnancia por la cantidad de sangre y las vísceras de quien antes era un ser humano. Es el hecho de que ya no sé a qué considerar como el bien y a qué como el mal, a que le puedo considerar justicia y a que le puedo considerar únicamente sed de sangre y venganza, cuál es la diferencia en las acciones de un enemigo o un aliado, ¿son realmente enemigos o aliados por definición? Fue por puro azar que llegué a Dysis, fue por puro azar que llegué a la compañía de los mata-trinkis, pero lo que ya no debe ser un azar es mi manera de actuar ante las situaciones, ya no más.

No llegué a saber su nombre, pero vi en ella el reflejo de lo que yo pude haber llegado a ser si hubiera tomado una decisión distinta en el pasado.

Después de la muerte de mi madrastra Cassandra a manos de sus compañeros, maestros, aliados… lo único que pude hacer fue huir lo más lejos posible de ese lugar, no quería morir, y quería que esa escena despareciera como si nunca hubiera pasado. Cassandra no fue lo que consideraría una madre ejemplar, pero bueno, ¿cuánta edad podría tener?, yo tengo ahora doce, ella tendría diecisiete cuando murió… Sí, no era un amor de madre, era un amor de hermana mayor ahora que lo pienso, pero, aun así, fue el único amor que conocí durante seis años que estuve escondida en el convento… y no era un mal amor.

Sabía que no tenía un lugar al cual volver, así que me dediqué a vagar por las calles. Todo era un mundo nuevo para mí, habiendo estado encerrada por seis años tras las mismas paredes, todo era espantoso, enormes construcciones, montones de gente desconocida, un olor repugnante a donde quiera que volteara. Todo era aterrador, así que únicamente me la pasé por horas llorando mientras vagaba sin rumbo. En varias ocasiones la gente me empujó por estorbarle, varias veces estuve a punto de ser arrollada por algún carruaje o caballos. A nadie le importaba una niña andando por ahí. Y en algún momento, el hambre se me hizo evidente, así que el llanto se detuvo por otra sensación aún más apremiante. Así que, tras varias vueltas por calles desconocidas, inmediatamente a mi vista apareció una familia. Eran una señora y dos niños. Traían ropas muy destruídas, las caras sucias llenas de ollín, y alcanzaba a la distancia a percibir un olor a orina y sudor proviniendo de ellos. Sin embargo, vi que la señora en su mano tenía un pequeño pedazo de pan. Debatiéndome internamente entre mi costumbre de esconderme a penas oyera gente, o ignorarlo y acercarme por alimento, el dolor del estómago ganó y me acerqué a ellos, mientras la señora partía el pedazo de pan y le entregaba uno de los trozos a uno de los niños. Un trozo pequeño. En cuanto me vieron acercarme, inmediatamente hicieron una mueca de desprecio, supongo que sabían lo que quería. La señora se apuró a partir un nuevo trozo de pan para dárselo a su otro niño, pero éste torpemente lo dejó caer el piso. Mi cuerpo reaccionó involuntariamente y me arrojé sobre el pedazo de pan, pero mientras lo hacía, escuché las palabras de la señora – Ni se te ocurra rata, es de mi hijo – y sentí entonces su pie contra mi cara, caí al piso rodando y sólo alcancé a ver al otro niño recogiendo el trozo de pan y metiéndolo en su boca con lágrimas en los ojos. Era un trozo muy pequeño…

Y así me quedé yo ahí tirada en el fango, llorando nuevamente mientras esas tres personas se alejaban.

Pero el hambre podía más, así que me levanté y pensé en un nuevo acercamiento, busqué el lugar de donde habían obtenido el pan. Había salido de un comercio cercano. Por la experiencia anterior, decidí utilizar toda mi astucia aprendida de vivir escondida en el convento, así que con gran agilidad y en completo sigilo entré a la tienda, tomé dos panes y salí como una sombra.

Antes de hincarle el diente al primer pan, me alejé lo más posible al lugar más solitario que pudiera encontrar. Tampoco quería compartir mi botín. Así me senté en una esquina húmeda, pero oculta de la vista, y a punto de dar el primer mordisco, noté el movimiento de un pequeño ser acercándose a mi de la misma manera que yo hiciere hace unas horas antes a aquella familia. Un pequeño roedor me miraba con ojos de ternura indescriptible. Una pequeñita bolita de pelos me rogaba le compartiera un poco de mi alimento… y así lo hice, trocé un pedacito de pan y se lo acerqué al hocico, inmediatamente comenzó a olfatearlo, se levantó en sus dos patitas traseras y tomó el pedacito de pan, comenzando a roerlo inmediatamente. Una sonrisa se esbozó en mi rostro por primera vez en el día. Seguí el ejemplo de la criaturita y comencé a devorar los panes con gran prisa, compartiendo con mi nueva gran amiga. Si, Estuche.

No sé cuanto tiempo pasó mientras estuve en aquella situación, pero mi práctica y habilidad en esconderme, funcionó de maravilla, cada vez supe mejor que alimento robar, así que a pesar de no tener nada, estaba muy bien alimentada. Llegué a aventurarme hasta la zona de los nobles, ya que cada vez que me escupían por la calle, me ardía la sangre y hacía lo posible por robar algo de ellos.

A pesar de que podía robar muchas cosas de valor, jamás me interesó la riqueza, únicamente me movía por el afán de comer y de darle de comer a Estuche, me comportaba sin pensar realmente en nada. Me alejaba de la gente por temor, nadie jamás mostró el más mínimo interés en mí, sólo recibía desprecio, insultos y golpes.

Pero eso cambió un día, después de una operación alimento en el mercado particularmente exitosa, un hombre se acercó a mí. Tenía un rostro y cuerpo llenos de cicatrices que se podían observar entre sus vendajes y su turbante. No sé como lo logró exactamente ya que siempre huía yo a la más mínima sensación de acercamiento, pero esa vez no sentí absolutamente nada, simplemente apareció su figura frente a mí, con expresión adusta, pero que por alguna razón no me causaba temor. Estuche se escondió en primera instancia, pero al poco tiempo salió, trepó por la pierna del hombre, y sacó de su bolsita un dulce que comenzó a comerse. El hombre sólo tomó a Estuche con gran agilidad, pero con delicadeza y la colocó sobre mi cabeza mientras la ratita continuaba saboreando el caramelo.

Y sin gran introducción comenzó, “Erin, pilluela con habilidad clase B, posible conocimiento interno de la organización de los Profetas de la Destrucción, tengo una misión para ti”

La palabra misión me sonó tan llamativa, algo que hacer, un objetivo… El hombre extendió su mano, y yo la tomé, se sentía áspera. Tomó otros dos caramelos de su bolsillo, le entregó uno a Estuche, y el otro lo colocó entre sus dedos, con un garnucho lo lanzó hacia mi rostro, abrí la boca, y lo comí.

Caminamos por varios callejones y entramos a una extraña construcción que por fuera parecía derruida, pero por dentro se convertía en un conjunto de instalaciones donde había mucha gente. Me llevó a una sala donde había otra mujer ataviada con ropajes de cuero y varios niños de edades que iban de los 8 a los 12 años. En cuanto entramos, la mujer comenzó a hablar. “Bienvenidos todos, de ahora en adelante nosotros nos haremos cargo de ustedes, no les faltará la comida, pero deberán trabajar muy duro, entrenarán todos los días, se convertirán en sombras que serán la puerta para que el sol salga en este mundo de podredumbre.”

Mi entrenador se llamaba Carlos (nombre sugerido por Dianita jaja). Era terriblemente exigente, pero jamás fue un maldito como el resto de la gente en la ciudad. Todos los días entrenábamos para el sigilo, poco a poco fui descubriendo que era un monje de las sombras con una habilidad impresionante, y se encargaba del entrenamiento de los reclutas más jóvenes. Además, la señora, llamada Alba, nos adoctrinaba todos los días acerca de como las distintas religiones del mundo se encargaban de quitarle todo a los seres de Wirinia, que por la culpa de sus doctrinas falsa controlaban el destino del mundo hacia la nada, y como se debía hacer siempre todo lo necesario para acabar con los poderes corruptos del mundo hasta que todos fuéramos libres para tomar la rienda absoluta de nuestras vidas. La verdad yo jamás puse el más mínimo interés, con que yo cumpliera mis misiones de espionaje me era más que suficiente, yo no pensaba en nada más, pero la gente dentro de Dysis siempre estuvo muy segura de que tenían la verdad y la razón.

Así con el tiempo, por mi habilidad como Pícara, fui ascendiendo escalafones en la organización y cada vez se me encomendaban más misiones peligrosas e importantes.

No era poco común que a una misión se asignaran varios equipos con objetivos distintos, para asegurarse de que siempre fueran un éxito. Los integrantes de las unidades de infiltración no sabían exactamente las órdenes de los demás equipos, pero siempre había un control telepático por parte de un líder que lograba que ningún equipo interfiriera con el otro… O eso pensaba. Muchas veces un equipo se encontraba en posición para masacrar al otro si es que llegaban a ser capturados.

Y así fue qué, en una misión, se me ordenó asesinar a un compañero. Su nombre era Osgard. Cada vez que no estábamos en Dysis, los reclutas menores de edad teníamos pequeños escondites donde íbamos a relajarnos. Varias veces nos vimos ahí. Había cumplido mis misiones siempre sin hacer preguntas, pero el pensar en hacer eso a una persona que conocía, que pasó por las mismas cosas que yo, y se que Dysis diría, es necesario por el objetivo Ulterior, el debe aceptar su muerte y yo debería ser el artífice de su muerte para evitar fugas de información… pero simplemente no pude. Intenté no pensar igual que siempre hacía, cumplir la misión, pero al ver sus ojos fijos en mi con un rostro deformado por el llanto, sus manos temblorosas esperando el momento final… no pude, el chico sollozó, y mi ventana de pocos segundos para actuar se perdió, entraron los guardias de la casa y me arrancaron la cobertura del rostro, entro su líder y dijo, “otra ratita para el matadero, háganlo… me han costado ya mucho dinero”, inmediatamente uno de los guardias sin dudarlo enterró su espada en el pecho de Osgard mientras éste emitía una breve exhalación apagada, tomo con sus manos la espada y su sangre comenzó a fluir a borbotones manchando sus manos, hizo un esfuerzo por intentar sacarse la espada, mientras hacía algunos quejidos, el guardia sin cambiar su expresión, giró la espada dentro del niño que gimió más intensamente, luego le puso el pie en la cara y sacó su espada manchando de sangre las paredes. El cuerpo de Osgard quedó en el piso boca arriba, yerto y con lágrimas en los ojos. No pude evitar pensar que yo era ese soldado cumpliendo la encomienda de Dysis.

Y comencé a revolcarme entre las manos de mis captores, esperando el momento en que sentiría el acero atravesar mi cuerpo, sin embargo, lo que sentí fueron unos brazos veloces que me arrancaron de los brazos de mis captores y que me llevó a velocidad impresionante por la oscuridad, hasta que me dejó en un callejón, sólo pude escuchar una voz diciendo “Huye de Corona, no vuelvas, vive”

No puedo decir a ciencia cierta quien fue, pero, no puedo más que pensar que fue mi entrenador Carlos quien me sacó de ahí. ¿Qué pasaba por su cabeza?, no lo sé, eso lo ponía en peligro a él dentro de Dysis. Y nuevamente, tras ver la sangre de un compañero, hui.

Y después de vivir lo mismo dos veces, la muerte de alguien por la gente en la que debía confiar, decidí que la justicia fría debía desterrarse de mi vida. Y al ver a esa mujer de Dysis, cumpliendo su misión con gran fe, esa pude haber sido yo. ¿Sería ella acaso una mala persona? ¿Su justicia sería realmente la equivocada? Verla morir así, sin derecho a réplica, esa pude ser yo. Y siempre tomé mis decisiones haciendo lo posible por evitar la muerte de alguien por la justicia de otro, proteger a mis compañeros a costa de nuestros “enemigos”, aunque mi ferviente deseo fuera protegerlos y llegar a un razonamiento. Quería ser distinta de Dysis, del convento, pero en los mata-trinkis también reina la justicia ciega, ya no sé a quien debo proteger… Somos iguales a Dysis…


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