Dartak & Mac
Dartak no puede conciliar el sueño debido a los recientes acontecimientos: Agemnika, Bach, la inminente manifestación, Zideon… Demasiados pensamientos, demasiados problemas.
“Necesito aire”, piensa la dragonborn y viste de nuevo sus ropas antes de salir de su habitación designada. Tal vez algo de lectura ligera para distraerse un poco…
Decide por fin tomar rumbo hacia la biblioteca; es casi instintivo el reflejo de realizar sus movimientos con el mayor sigilo. Baja las escaleras y no le es difícil pasar desapercibida cerca de su camarada Valadiel quien medita concienzudamente en la sala (con medio mollete en la boca, pero esos son detalles).
Una leve luz llama su atención dentro de la habitación que, por lo poco que recuerda, es su destino. La iluminación vacilante proviene de un quinqué, cuya flamita acaricia con su luz azul-anaranjada libros en estantes, muebles de madera y otras amenidades reconfortantes, al tiempo que tiñe de sombras el ambiente, como solo las llamas consiguen hacerlo mientras danzan. El lugar ya tiene un ocupante: el extraño monje que se ha convertido en un inesperado aliado, y aún más: un amigo.
—¿Tampoco puedes dormir, anciano?
—Hola Dartak. No, de hecho si pudiera no dormir hoy lo preferiría —responde sobándose la nariz, que por segunda vez en esta era de aventuras ha sido objetivo de desventuras.
—¿Estás bien? —le pregunta la dragona a tiempo que ríe un poco—. Parece que esos asesinos les dieron batalla… ¿Por eso necesitas dormir? ¿Para curarte?
El ser celestial luce en extremo cómodo sentado en un amplio sofá; Dartak, sin pensarlo mucho, se acerca y se desploma a su lado (cuidando de plegar sus alas para no golpear a su espigado compañero). Una vez que se encuentra en mayor proximidad nota que el monje sostiene un par de sobres recién sellados.
—¿Yo?, ¿bien? —contrapregunta el también llamado Mark, refiriéndose a la recientemente adquirida cicatriz—. Jejeje, claro, esto no es nada. ¿Conoces a “Ojo loco Moody”?
—¿Te refieres a ese personaje… El de los libros de un joven mago?
—Ese mismo —comenta Mac en tono de broma y continúa con entonación ligeramente chusca y teatral, cual narrador de cuentos para niños—. “Cada centímetro de la piel parecía una cicatriz. La boca era como un tajo en diagonal, y le faltaba un buen trozo de la nariz. Un ojo falso y pata de palo.” Cuando se vive la vida de aventura, es normal terminar un poco mal de vez en cuando; esta vez, parece que vamos por mejor camino, pero… —concluye encogiéndose de hombros—. Sí, necesito dormir por esto y por andar echándole hechizos a Gealel; mejor es estar entero para el día de mañana. ¿Y tú?, ¿cómo sigues?
La dragona no puede evitar mirar al monje con mucho asombro y la quijada un tanto baja…
—E… ¿eso fue una broma, anciano? ¿Ahora haces bromas? —pregunta con una leve risa—. Creo que es la primera vez que te escucho decir algo así… Es agradable conocer más sobre el misterio que eres.
El hombre levanta una ceja y la observa sorprendido.
—¿Bromas? ¡Me la he pasado haciendo bromas desde el día en que llegué! Pero creo que eran chistes demasiado locales para que alguien pudiera reírse aparte de mí.
Mac se deja ir contra el respaldo relajadamente, suspira y habla con calma:
—¿Sabes? Creo que es un alivio ya no estar ocultando lo que soy realmente. Pero todo requería de tiempo…
Luego voltea a ver nuevamente a su compañera en el sofá. Dartak luce cansada, con cada músculo retenido por una ligera tensión constante; su respiración, controlada en exceso, transpira un nerviosismo sutil y persistente que delata su cola en constante movimiento. La energía que emana de ella le explica a Mac, evidentemente, por qué la joven no consigue conciliar el sueño.
— ¡Eres un desastre!
Es, de nuevo, turno de Dartak para dejar caer su quijada (tal vez esta ocasión un poco más que antes).
—¿Es en serio! Justo cuando pienso que entiendo cómo funciona esa mente tuya ¡bam! Sales con algo así —Dartak ríe por lo bajo, pero adopta una posición más reflexiva, apoyando sus codos en las rodillas y su mentón-morro entre sus manos—. Pero no estás equivocado… Todavía no puedo procesar todo lo que ha pasado… ¡Mi madre estaba viva! ¡Y yo compartiendo batallas y partiendo el pan con el causante de tantas desgracias! ¡De mi propia desgracia!
“El causante de tantas desgracias”: Bach, repite lentamente el monje en su mente y agacha la mirada apenado… Causante de la muerte de la madre de Dartak. Lentamente, las manos de la dragonborn intentan disminuir el persistente dolor de cabeza que la acosa, pero el leve masaje en las sienes no hace mucho en su favor.
—Me… me hubiera gustado conocerla mejor… Entiendo que su ¿trabajo? Era importante, pero… no puedo evitar preguntarme, si sabía de mí, ¿por qué no me buscó? ¿Qué pasó realmente? —dicho esto suspira profundamente—. Pero creo que esas preguntas ya no tendrán respuesta jamás. Me dijo que me amaba y es lo importante…
El monje de las sombras puede notar cómo pequeñas lágrimas corren por el ahora semitatuado morro de Dartak —las cuales ella limpia un tanto bruscamente—, mientras cada pregunta que pronuncia se convierte también en una pregunta suya.
—¿Tú… crees que me amaba? —por más que la dragona intenta deshacerse de los necios ríos de lágrimas, estos siguen fluyendo.
La tristeza, la confusión, la “humanidad” de Dartak, su amor por su madre, las lágrimas que la ágil guerrera derrama se manifiestan en toda su intensidad y Mac se encuentra confundido. Durante las últimas horas él no había dejado de pensar en lo ilusionada que estaba Dartak desde que le compartió el sueño que tuvo de su madre. ¡Habían pasado otras noches platicando sobre lo mucho que ella deseaba conocerla! Y había visto alegría en sus ojos y en su sonrisa cada vez que hablaba del hermoso y cálido dragón que sería. Por ello él sabe que el silencio de la joven al respecto, durante la noche anterior y el día que concluía, no se debía más que al apresurado ritmo de los acontecimientos y la falta de tiempo; por eso había esperado el momento adecuado para hablar con ella, pero ahora que está frente a él y acaba de abrir así su corazón, él se siente torpe: ¿qué podría hacer? ¿qué podría decirle? Nada parece adecuado.
Mark saca un elegante pañuelo, ¿acaso no es costumbre que todo caballero debe portar uno para cuando la ocasión lo amerite? Coloca su mano izquierda sobre el hombro más cercano de Dartak, mientras que con la mano derecha pone suavemente el pañuelo sobre sus manos.
—Mi caballero sin flamante armadura —Dartak comenta en una suave voz y sonríe tenuemente—. Gracias, viejo.
—Ella te amaba, estoy seguro...
El noble de Scadrignia comienza a explicar sin estar convencido de cómo continuar. ¿Qué podría suavizar el vacío creado por una tragedia tan terrible y repentina? Agemnika seguramente estaría ahora con Peus, pero ¿qué quedaba en el plano material para su hija? Buscando de esta manera, las palabras de la Dra. Delialah terminan por, finalmente, pasar más allá de sus oídos… Aquello que ella remarcara tanto al hablarles sobre Agemnika. ¡Y de pronto se da cuenta! ¡Dartak no está en ningún modo sola, ni sin rumbo! Mac aguarda unos segundos mientras procesa su propia sorpresa, pero entonces descubre qué decir a su amiga:
— ...Después de todo, ella se fue, pero te dejó con una gran familia: ¡Todos los dragonborn son, o tus hermanos, o tus sobrinos!... por decirlo de alguna manera —dicho esto, un ligero apretón en el hombro de Dartak busca transmitirle confianza y sus manos vuelven cerca de los sobres que aún yacen en su regazo.
La mano izquierda de Dartak, que estaba ocupada haciendo uso del suave pañuelo, se detiene en mitad de aire y su cabeza gira rápidamente en dirección de Mac.
—¿Qué dijiste?
—Pues, si Agemnika fue la madre o ancestro de todos los dragonborn y tú eres su hija… Entonces todos ellos son como tus hermanos, o tus sobrinos… o cualquier otro parentesco que quepa en unos cuatro siglos de descendientes directos. Y ¿quién sabe?, ¿hace cuántos años naciste tú?, ¿cuántos años habrán pasado desde la última vez que ella tuvo hijos?
Dartak verdaderamente no había caído en cuenta de semejante vínculo y el resto de los cuestionamientos de Mac los asimila como preguntas retóricas a tiempo que sus ojos parecen enormes y brillosos platos.
—Santos dragones, anciano… No… no lo había pensado así…
Por dentro, una miríada de emociones se arremolinan; Dartak comienza a sentir en sus huesos que el lugar donde se encuentra ahora no es mera coincidencia. Sus acciones la han llevado hasta ahí, sin duda, pero sabe que camina entre gigantes y no solo eso: es una de ellos. Por herencia o por destino; por decisión o convicción, sea cual fuere el motivo es una pieza fundamental ya no para satisfacer la ambición de unos cuantos, sino para salvar el futuro de muchos.
—Creo que… Mi raza está en peligro. Con eso de la enfermedad de los dragonborn y… No lo sé. Ahora siento más responsabilidad para protegerlos, y no solo a ellos. Creo que juntos podemos hacer una gran diferencia. ¿No crees, Rael? —dicho esto, Dartak le sonríe suavemente a su camarada.
Tratándose de turnos, esta vez es turno de su compañero para que las emociones salgan de donde suelen estar. El ser celestial no esperaba escuchar su verdadero nombre ser pronunciado, más aún con esa sonrisa.
—Así que… te diste cuenta… que todavía tengo otro nombre —la sorpresa lo ha dejado casi paralizado.
—Sí, me sorprendió mucho cuando Peus te nombró de esa forma. Caray, amigo. Pareces de esos dragonborn antiguos con mil nombres, más apodos, más el clan, más títulos… Ugh, qué dolor de cabeza… Pero te lo perdono —al terminar de decir esto, palmea con energía el hombro izquierdo de Mac y su sonrisa se torna todavía más grande—. Ahora entiendo que tuviste tus motivos para ser precavido… Yo tampoco andaba por ahí cantando a los cuatro vientos mi nom… Mi antiguo nombre.
—¿Aujir? —interviene levemente el monje.
—No, solía ser Dartak Dysis, ¿puedes creerlo? Esa… secta era mi clan, mi todo… Aujir significa bronce en Draconic. Preferí regresar a mi linaje. Incluso antes de conocer que tengo semejante linaje —una risa incrédula se le escapa.
—¡Ah! Disculpa, pensaba que por antiguo te referías a algo anterior a Dysis, ¡pero qué despistado! Te recuerdo como Dartak Dysis —sonríe— por la conversación que tuvimos ante los nuggets draconianos de Erin, cuando nos acabábamos de conocer, en la ciudad de Murtok. Me dijiste que Dysis era el nombre de tu clan y yo te dije que también llevo el nombre de mi clan: Yara.
—Ya veo. Entiendo cómo pude haberte confundido con eso, yo misma estaba confundida, creyéndome una creación de Sylveon. Pero ahora, más que ser mi clan, adopté el Aujir porque innegablemente mis ancestros son… era, una maravillosa dragona de bronce —la sonrisa de Dartak se tiñe de colores un poco tristes—; mis escamas, mi aliento de relámpago: todas ellas pruebas de mi ascendencia de bronce —el orgullo que siente por sus orígenes resulta más evidente que su, todavía, profundo dolor—. ¿Sabes? Me gustaría poder desterrar la memoria de Dysis no solo de mi apelativo, sino de todo Wirinia —suspira hondamente intentando alejar pensamientos oscuros y agita con vigor su cabeza: los adornos de sus abundantes rastas draconianas emiten un leve pero armonioso sonido—. Uff, basta de mí… ¿Qué pasa por tu mente, anciano? —esta vez, la sonrisa que le regala ya ha perdido los tintes melancólicos.
—Me agrada ese sonido. Ha mejorado tu semblante.
Rael observa y escucha entretenido el efecto de los movimientos de Dartak. Definitivamente, ella se ve mucho más llena de energía, más animada, dentro de la pena; transmite la intensa luz que emana de un noble propósito.
—¡Cierto! —después de una pequeña pausa, la arquera decide consultarle a Mac algo que siempre se ha preguntado—. Ya que me hablas de tu clan, los Yara, ellos son como… ¿tu familia adoptiva?
—No, para nada. Los Yara son —y enfatiza el “son”— mi familia. Si es lícito llamarlos así… Eso si no nos dicen que solo la reproducción biológica cuenta… pero igual nuestro caso es equivalente ¿o no? ¡Rayos! ¡Que los dioses nos expliquen!
—Carambolas… sin duda suena complicado. No estoy segura de querer comprender la biología detrás de la reproducción celestial… Eso sonó raro, ¡cómo llegamos a estos temas, viejo? —afortunadamente, el humor de Dartak sigue mejorando: una genuina risotada lo refleja y termina contagiando un poco a Mac.
—Es que… no fue un asunto biológico —completa entre risas—. A nosotros nos crearon directamente los dioses… entre todos… los de Ythos y Rylo.
—Woooo, qué coosas. Entonces… eres un Yara y un… ¿Yama, también?
—Ehm, los Yara somos una de las diez familias de Yamas que hay. Bueno, no sé si los otros Yama se consideren una familia entre sí o solamente un clan, pero los Yara así nos vemos.
—Vaya, eso es sorprendentemente tierno. Si recuerdo bien… decías que los Yama son una especie de jueces del más allá, ¿no? Entonces… ¿qué haces más pa’cá?
—Jaja. Es por la ruptura, quieren traer a un dios extraplanar a este mundo y eso tendría consecuencias a nivel cósmico. Además, por lo que Calem contó, parece ser que todo este problema inició por un conflicto de discriminación racial y, como indican las marchas antihumanos, se nutre de la misma herida. Tal vez no sea tan raro que un Yama ande por aquí.
—Ohhh, sin duda esto me pone las cosas en perspectiva… Es un enorme problema y no por nada necesitamos ser un equipo con diferentes habilidades y conocimientos… Y sin secretos también —le dirige a Mac una mirada llena de determinación—. Hoy te voy a seguir llenando de preguntas, anciano. ¡Prepárate!
—¡Qué miedo! —el ser celestial la mira algo nervioso—. Pero, lo prometo —contesta levantando la mano derecha—, responderé con verdad cuanto preguntes.
—¡Excelente! Ya que estamos en eso… ¿A qué te referías con esa respuesta que le diste a la maga Delialah?
Mac se esfuerza por recordar qué ocurrió durante la última entrevista que tuvieron con la maga-científica.
—¿Sobre por qué mi sangre podría ayudar con los mosquitos?
—¡Nah! Cuando ella te preguntó si estabas casado y tú dijiste: “Algo así, algo así” —Dartak intenta hacer su mejor imitación de la voz y discretos gestos de Rael.
—¡Ah! ¡Eso! —Mac deja ir la cabeza contra el respaldo del sofá y se queda mirando al techo—. Justo tenía que pasar algún día… que si alguien preguntaba… iba a seguir sin saber qué responder.
Luego pausa por un minuto, seleccionando con cuidado las palabras, dudando a cada paso sobre cómo explicar algo que, al parecer, no es en realidad lo que Dartak espera y al mismo tiempo ¿tal vez?
—Confieso que sigo sin saber cómo explicarlo… no fue una decisión sencilla… pero todo ha cambiado desde entonces y para bien —mientras habla, se nota cómo el motivo que le impulsa a seguir respondiendo es la promesa que hizo, porque de otro modo hubiera elegido guardar ese secreto en lo más profundo de su ser, dejando como única marca visible el símbolo que había bordado en la espalda de su traje—. Todo comenzó con Sylveon, Takechi, mi deseo de no morir. De todas las formas que pudo haber tomado, digamos que elegí enfrentar al mayor de mis miedos de la forma más extrema y ahora tengo un contrato. Sé que el miedo no es la mejor razón para hacerlo… pero necesitaba ayuda… mucha ayuda. Lo que hice… no fue trivial. Pero —en este punto agacha la cabeza y dice con una voz apenas perceptible— no sé si este sería el tipo de historia que escucharías en una noche así... aunque debo admitir que hay magia en ella. Porque, si lo observo una vez más, en realidad acabo de equivocarme; no, esta historia no comienza con Sylveon, en realidad es una historia vieja, muy antigua y casi tan lejana como los inicios de mi vida… como mis desordenados intentos por jugar con una proyección astral que no dominaba y mi encuentro con aquella doncella de un destino incomprensible... como el tiempo que he compartido con mis hermanos y amigos Yara: Yoriel, Gabrielle, Zerel y Tzadkiel (quienes, de entre todos los Yara, son los más cercanos), y los misterios que hemos indagado juntos mientras tratábamos de entender por qué nuestro maestro, Azrael, nos enseñó que nuestro deber era proteger el balance de este universo a tiempo que nos invitaba a ser curiosos, indagar, cuestionarlo todo, sopesarlo todo y a jamás quedarnos satisfechos con respuestas aparentes; a obedecer a Ythos, nuestro jefe y, a la vez, a no quedarnos quietos. De ese modo aprendimos no solo leyendas de los mismos dioses, sino que fuimos más allá y encontramos historias como las de Tharkûn: leyendas arcanas venidas tal vez de otras dimensiones, algún vago conocimiento sobre los fundamentos del universo mismo y tal vez hasta lo que hay más allá de este; de ahí surgió mi reciente contrato: juré convertirme, al igual que el Istar, en siervo del Fuego Secreto; siguiendo su mismo código, aunque en el mundo de los Yama. Desde aquel día, mi vida ya no me pertenece, de ese modo, perdí también el miedo a morir.
—Ohhh… —sin duda Dartak no esperaba semejante revelación— y yo aquí pensando que habías acordado en secreto casarte con alguien por los beneficios… “extra”, ya sabes. Ese par de días que desapareciste después de la Noche Agria.
—¿Por 7 días de resistencia extra? Nah. Aquella no fue una buena noche, definitivamente no eran días para una boda. Aunque este contrato es tan o más estricto que un matrimonio, porque requiere disponibilidad absoluta, cosa para la que aún no puedo decir que sea muy experto, pero es de una naturaleza distinta. También aporta beneficios… —al pronunciar esto, Rael se da cuenta de que aún le sería más difícil explicar lo que ha experimentado desde aquel día. Todavía tiene mucho que aprender al respecto.
—¡Vaya! No me vayas a salir con que tienes un patrón misterioso y latoso como el de Bach…
—No. Nada que ver. El Fuego Secreto no es mi patrón como lo serían Nergal o cualquiera de los dioses, por eso no soy hechicero, ni clérigo. El Fuego Secreto es un don y un enigma, es aquello que dota a los seres de pensamiento propio y voluntad, es el misterio oculto en lo más profundo de cada ser y, a la vez, lo que le brinda identidad y esencia propia, me atrevería a decir que es algo universal. Tharkûn le daba este nombre, a veces usaba otro, pero, al igual que en su historia había diferentes nombres para los mismos seres, es probable que también se le conozca aquí en Wirinia, solo que aún ignoro si alguien más le llama de algún modo.
—Ya veo… Qué cosas tan interesantes me cuentas, viejo… Yo imaginando una escapada romántica para ver a tu ser amado —ríe un poco por lo bajo—, pero sin duda esto es más —hace gestos vagos con las manos en dirección de Rael— ¡tú! ¡Pero ya que hablamos de romance! Sí pude entregarle a Evandos el poema que escribiste. Espero junte el coraje necesario para darle a conocer a Delialah sus sentimientos.
—Espero que el poema tenga sentido, porque había pensado en usar las estrofas por separado, dependiendo de cuál aprendiéramos que aplicara a la ocasión… Sin embargo, ignoro cuándo volveremos a ver a la investigadora, así que confiemos en que Evan sabrá usarlo mejor.
—Así es…
Tras esto Mac se levanta del sofá, camina pausadamente hasta el gran ventanal que decora un muro de la biblioteca y observa serenamente el paisaje nocturno: el oscuro manto de la noche, el intenso brillo de las estrellas; escucha el susurro de los árboles en el jardín al responder el mensaje del viento, siente la textura del marco de madera al palparlo con los dedos, aspira el aroma de los libros, puede sentir la presencia de su amiga en la habitación y el fluir del ki a través de todas las cosas.
—¿Sabes? —confía a la hija de Agemnika—, creo que tienes razón.
Aquellos días en verdad me escapé para encontrar a mi ser amado.
—Te… ¿te refieres ahora a alguien de carne y hueso o el fuego ese es ahora tu ser amado?
Rael ríe sinceramente, pero esta vez no pronuncia respuesta.
—De acuerdo, te puedo dejar en paz con ese tema… Creo que han sido suficientes revelaciones por una noche...
El silencio que se instala después de varios minutos de charla ininterrumpida es todo menos incómodo. Ambos seres encuentran plácida la mera compañía del otro. A pesar de que Dartak ha bostezado más de un par de veces aún tiene deseos de conversar y el par de sobres que dejó Mac sobre el sofá le da la perfecta excusa para seguir cuestionando a su acribillado amigo.
—¿Cartas?
Cuando Dartak hace la referencia, Mark regresa rápidamente al sofá y no disimula la preocupación profunda que le aqueja.
—En realidad es la misma carta, copiada dos veces y colocada en sobres distintos —dice tomando asiento de nuevo y mostrándole a Dartak ambos sobres: uno elegante, con el sello de los Ahrend, y otro que parece contener una misiva cualquiera, curiosamente rotilla en un costado, cual si la hubiese mordisqueado un ratón—. Le he escrito a Kiyoshi Ahrend, él es cabeza de la familia Ahrend y un muy viejo y querido amigo. Un miembro de Dysis, Reiko, ha estado haciendo fraudes: encontramos huellas de eso con los Soles Negros en el templo de Nergal y justo hoy en casa del mercader William; aunado a mi premonición, temo que estén en verdadero peligro o que estén haciendo cosas terribles en su nombre. Incluso si ellos saben que por ahora no puedo ir a Fianizo, al menos necesito que se enteren de lo que está sucediendo. Si es muy grave, podrían incluso pedirle auxilio a mis hermanos —entonces, toma el sobre mejor camuflado y le pide a su compañera—. Dartak, por favor, si algo llegara a sucederme, ¿podrías asegurarte de que esta información llegue a sus manos? Si cualquiera intercepta estas misivas, creerán que solo estoy saludando a un viejo amigo, pero si llega a sus manos, él sabrá cómo interpretarla.
Dartak recibe con ambas manos el discreto sobre y con voz firme promete a su amigo:
—Así lo haré —por dentro se debate entre decirle o no a su camarada algo como “pero, por favor, no digas cosas como ‘si algo llegara a sucederme’. El solo pensar en perder a otro ser querido… no creo poder soportarlo”, sin embargo, esas tres palabras son lo único que pronuncia antes de guardar la carta entre sus ropas.
Mark agradece sinceramente su apoyo y admira su determinación. Hay algo, sin embargo, que en verdad le preocupa y, en cierto modo, le duele como lastima el frío que siente una mano al interior de un congelador: se da cuenta de que él se ha vuelto impenetrable. Para él la muerte es una realidad de cada segundo, casi cada ser que pasa por sus manos es entregado a las puertas de un reino que desconoce y no le vuelve a ver; quedándose con él tan solo sus historias, emociones, deseos y el recuerdo final de sus rostros al conocer su veredicto: a veces alegría, paz, a veces miedo, tristeza, resignación, ira. Eso… aunado a la recepción que tuvo después de aquella noche agria, le hace notar algo que no le agrada, sin embargo, cual es su costumbre, sella esos sentimientos detrás de una fortaleza, como detrás de una cortina de hierro que pretende mantener cautivas las aguas del mismo océano y habla como si nada de esto hubiera pasado por su mente.
—Creo en verdad que seremos muy buenos aliados y que Agemnika tiene motivos para estar orgullosa de tí. ¡Por cierto! ¡Es verdad! No pienses que no volverás a saber nada de ella. Tal vez Ion pueda contarte algo, después de todo, él entrenaba en el monasterio de la Garganta de Wirinia, parece que hasta podrían haberlo hecho el sucesor del maestro. Si despierta, él podría tener algo que platicarte.
—¡Es verdad! No lo había pensado tampoco… Han ocurrido tantas cosas en tan poco tiempo… Todo esto de la manifestación y el sgap y Zideon… Me abruma, viejo…
—No te culpo, son demasiadas cosas para cualquiera. Temo por lo que pueda pasar mañana. Estoy convencido de que Altio está detrás de las manifestaciones, después de todo, fue él mismo quien estuvo instigando a los enanos de Snosk, recordándoles viejos rencores contra los humanos por una guerra pasada con Chernavar. Su familia y su granja fueron destruidas por humanos, pero él extendió su rencor a toda la raza y ahora reúne reliquias para dotar a Tharizdun de un cuerpo. Me asusta lo que pueda ser la pieza siguiente. ¿Qué llevan? La máscara, que obligaba a un buen rey a absorber, cada día, la vida de uno de sus leales súbditos; el cerebro, que dotaba a su poseedor de conocimientos extraordinarios sobre las personas que encontraba; no tienen el brazo… pero por arrebatárselo ahora está en Ageli, eso la forzó a tener un pacto con el dios de la venganza y tendrá que cuidarse si no desea que se apodere de ella. Incluso si encontramos lo que buscan en el Mausoleo de los héroes, ¿cómo evitaremos que se lo lleven o que algún otro miembro del equipo quede maldito?
—¿Máscara? ¿Cerebro? Sin duda estoy muy atrasada en cuanto a estos asuntos…
—Fueron otros dos órganos de los que Altio se apoderó frente a los Mata-trinkis.
Esta vez es Mac quien hunde la cabeza entre las manos.
—Lo primero —continúa— es evitar que masacren a los manifestantes, luego… no sé si es mejor dejar ese Mausoleo sellado o seguir buscando lo que está ahí dentro, pero estoy seguro de que, si lo dejamos como está, solo volveremos un día para descubrir que Altio ya tiene lo que buscaba ahí. Además, Calem dijo que nos está protegiendo de algo… pero no dijo de qué. No tengo idea de cómo proceder.
—Estoy en las mismas, anciano; quiero evitar que resulten lastimados los participantes de la manifestación, pero, quienes me preocupan más son ustedes, mis amigos con apariencia humana. ¿No hay una forma de que puedas disfrazarte o algo? ¿Maquillaje o algún otro atuendo?
—¿Maquillaje? —la idea le hace gracia. Se imagina con el rostro pintado de negro ocultando aún más su identidad, pero eso no logrará que luzca menos humano— ¡Tengo una idea! —sonríe mientras recuerda algo que trae en la mochila desde que se unió al grupo, pero que nunca ha sacado por no considerarlo lo más práctico para un monje— ¿Qué te parece una capa con capucha?
—¡Excelente! … Con que no sea la mía, todo perfecto —observa de reojo a Mac e intenta verse amenazadora, pero no puede ocultar la sonrisa que asoma en las comisuras de su morro.
—¿Y por qué no? —responde él riendo— ¿De qué color es la tuya? Mmm, no, pero la mía no se ajustaría a tus alas. Está bien —se conforma cruzándose de brazos.
—No cambiaría mi capa por nada —ahora Mac la ha contagiado con su risa.
—Lo sé —guiña Mac un ojo a su amiga, después de todo, se trata de la capa de Peus.
—Es… color… ¿café? ¿Marrón? No sabría darle un color preciso. Pero si tú tienes una propia, entonces está decidido. Espero que Erin tampoco tenga problemas, o Gealel, o incluso Ageli, a pesar de su bracito…
—Al menos durante la marcha, Erin no es problema. Más bien ella… Sé que quiere aprovechar las profecías sobre el ángel, así que más bien irá al descubierto. Gealel ya parece tener todo planeado y Ageli… bueno, es clérigo, estando en Chernavar y con la protección de los demás creo que estará bien. Yo pienso escabullirme entre la gente, pero con la idea que me has dado hasta será divertido —concluye con la pícara sonrisa de un niño travieso—. Sin embargo, no puedo decir lo mismo cuando entremos al Mausoleo.
Dartak bosteza una vez más, su filosa dentadura reluce a la modesta luz del quinqué que se encuentra sobre una pequeña mesa de madera.
—Perdón, viejo. Creo que al fin el sueño está llegando a mí… Tienes razón. Tal vez no tengo que preocuparme tanto… Estaremos bien… Creo… —una vez dicho esto, Dartak recarga su cabeza en el respaldo del sillón. La amena plática con su amigo ha hecho maravillas para relajarla— ¿Podemos, solo, quedarnos así un momento? No quiero estar sola…
El celestial concede su petición y no pasa mucho tiempo antes de que Dartak caiga en un confortable sueño. Su cabeza poco a poco se inclina en dirección del hombro de Mark —como si la dragona inconscientemente buscara el apoyo de su compañero— y termina por asentarse ahí.
Él está cansado, les espera un día difícil, pero es consciente de cuánto ha vivido Dartak en las últimas horas y no desea perturbar el sueño que, al fin, ha logrado conciliar. Además, le agrada la confianza que ella deposita en él. Piensa por unos instantes en las opciones que tendría para llevarla de regreso a su cuarto… ¡pero pesa más que él! Teme que el resultado sea contraproducente. Así que planea vigilar el sueño de su amiga unos momentos más, tal vez ella despierte y decida continuar durmiendo en su habitación, sin embargo, ella se sume a cada instante en un sueño aún más profundo y no parece que vaya a ser el caso. Cual padre que no desea perturbar el sueño de una hija querida, reclina la cabeza en el sofá y cierra los ojos. El mundo va desapareciendo a su alrededor y termina por también quedarse dormido. El monje de las sombras, sumergido en el reino de los sueños, deja de ser testigo de que ha encontrado un conveniente sustituto de almohada en las mullidas rastas de Dartak. Ahora lo que vela el sueño de ambos durmientes es esa llamita del quinqué, quien continúa como su silenciosa compañía hasta el amanecer.
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