Aleyn

Aún titubeo antes de cerrar los ojos para meditar.  Es difícil encontrar la concentración y el camino correcto.  Aún así, a veces me dejo vencer por el cansancio y dejo que el espírtu siga su curso, como una partícula de polvo estelar llevada por el viento.  A veces esas noches son tranquilas, plácidas, cálidas, mucho más cariñosas, seguras y llenas de luz que la realidad.  Pero otras veces quien me cobija es la oscuridad, pero no una oscuridad acogedora, si no la oscuridad de esa antigua prisión del alma que aún me persigue.  En esas noches dos imágenes se entrelazan como raíces malignas tratando de sumergirme, llevándome de la tristeza al miedo, de la duda a la sospecha, de la desilusión y la esperanza moribunda, seduciéndome hacia el rencor, la muerte, la destrucción... entonces el terror acecha también ¿cómo escapar del vaivén entre la verdad y la mentira, en el bien, el mal y los dulces engaños que evaden de una realidad aún sin comprender? No quiero ver... y aún así... veo.  No quiero saber... y aún así, esa es mi única arma y defensa.  ¿Cómo describir esas noches en que el final y el inicio se funden como uno solo?

La última noche la visión comenzó con aquel hermoso brillo: ese maravilloso árbol de luz, un fractal hermosísimo que me dejó con la boca abierta al verlo sostenido tan abiertamente en pleno aire, el alma de una joven.  Aquella vez quedé hipnotizada con su belleza, con la boca abierta, conteniendo el aliento, mientras la luz se difractaba en sus bordes dándole el toque que hace tan especiales a los diamantes.  Pero tanta belleza sólo me embelezó distrayéndome de lo que estaba presenciando.  Mi corazón se oprimía contra mi pecho cada vez con más fuerza conforme el resto de la escena clamaba también por mi atención.  Aún recuerdo, entre la penumbra, el rostro deformado de la joven tendida en la cama, su sonrisa desordenada mientras su mirada abstraída entre drogas se perdía de la visión de su propia desventura. Aquel hombre estaba sosteniendo, con la mano derecha, su alma.  El hermoso fractal pendía frente a ella mientras él lo observaba con ansiedad de demonio.  Mi ojos se posaron en la mirada del hombre y grabaron cada detalle de su rostro, como un cincel de fuego que escribió a perpetuidad aquel tomo oscuro en mi cerebro.  Sus ojos rojos, por la maldad, miraban, mientras su sonrisa contorsionada disfrutaba de la última visión de aquel fractal.  Pero entre toda su violencia, un dejo de dolor y muerte estiraban su rostro, dejándome ver cómo él también estaba muriendo.  Son esos pequeños rasgos de los que mi cerebro bebía ansioso, obligándome a buscar un dejo de esperanza entre toda la oscuridad: él también está muriendo, él también está sufriendo.  Y es de aquellos pequeños indicios, que mi conciencia me rapta de esa escena para devolverme al pasado y, entre lágrimas, repaso entonces frente a mi ojos aquella otra escena... la escena del día en que lo conocí.

Fue esto hace ya demasiados años.  Poco más de la tercera parte de mi vida ha ocurrido después de ese incidente.  En aquel entonces yo estaba apunto de convertirme en adolescente.  ¿Él? No lo sé.  Nunca he sabido cuántos años tiene en verdad, pues a veces aparece juvenil, aunque maduro, pero al ver en sus ojos es como mirar un alma anciana y cansada.  Sí, exactamente eso es el punto de partida al cual siempre me regresan mis meditaciones.  Una vez... falla; una vez más... ¡demasidado enredado!... Regresa otra vez. Y otra.  Y otra.  El cuadro inicial es este, fue este: caminaba yo en los linderos del pueblo en temporada de neblina.  Los otros chicos y chicas jugaban hacia las casas de nuestros padres, pero a mi me dió por merodear sola un rato.  Siempre me advirtieron mis padres que era peligroso, pero a veces disfrutaba sólo salir del barullo y caminar entre los árboles, sintiendo en la respiración el aroma de cada planta, de cada ser, del viento mismo y el agua cristalina suspendida entre universos.  Aquella tarde temprana lo vi sentado y recargado en un viejo árbol.  Parecía cansado, pero tranquilo.  Era un hombre, en apariencia, de trentaitantos; barba tupida color castaño rojizo, cabello ondulado, ropas raídas.  Una mandolina reposaba a su lado.  Me acerqué serenamente para saludar al viajero.  En la imagen, siempre me veo caminando despacio, serenamente, para dar la bienvenida al condado al músico itinerante, para escuchar su historia "¿De dónde vienes, bardo encantador?¿Qué historias nos traes de lejos?¿Te quedarás muchos días en la taberna? ¿Quiénes están en tu tropa? ¿A dónde irán depués de nosotros? ¿Qué habilidades teneis? ¿Hay magos entre los vuestros? ¡Amo la magia! ¡Me encanta la magia!" Y la música... nunca había oído magia con música.  Aquel hombre sabía encantar con la música. ¡y valla que a mi me encantó! Se quedaron muchos días.  Conocieron a los nuestros.  Me enseñó a tocar mi primer instrumento.  Pero siempre se quedó grabado y siempre me intrigó lo que miré en sus ojos verdes: estaban muertos.  A veces, él parecía sonreir alegremente, pero su mirada era siempre seca... sin vida; como la hierba que ha muerto, como las especias que se expusieron al sol para almacenarlas y usarlas en el futuro, pero cuya savia ya no fluye por sus venas.  Así era su mirada.

No diré lo demás.  Sólo he aprendido firmemente una lección.  Hay lugares donde no se debe mirar.  Y sin embargo, a veces tenemos que mirar.  Como el viejo Frodo, no siempre podemos elegir el mundo en que vivimos, sólo podemos elegir qué hacer con el tiempo que tenemos.  No siempre puedo elegir lo que veo; sólo puedo elegir no dejarlo entrar.  Aquella chica no supo detenerlo.  No la culpo.  Su alma estalló en mil pedazos conforme él estrujó aquel fractal entre sus dedos.  Pero detrás de ellos había una sombra aún más grande.  Un demonio que me persigue entre las noches, entre los rostros de las gentes.  El demonio que se ríe y se burla de cada estúpido intento que hicimos... sin tener idea de que había un enemigo ante nosotros. El jefe del clan que invadió nuestra aldea desde aquella vez; el que ordenó al bardo quemar a mis padres... el que envió a los otros dos tras mi hermano y mi hermana.  A mi hermana nunca más la vi... a mi hermano sólo lo recuerdo, fúrico, escupiéndome a la cara por un motivo que aún no sé... y alejándose del pueblo para siempre, justo cuando descubrí los cuerpos en mi casa.  El lugar hecho cenizas y, sobre un altar... la flecha élfica que aún me acompaña.

Han pasado cinco años desde que dejamos la villa y aún no tengo pistas sobre el origen de esta flecha.  Parece ser que pertenecía a mi abuelo, de ahí atrás no lo sé... pero alguna vez se usó en un combate contra un terrible ser oscuro de otra dimensión.  Nunca antes se había abierto una grieta como la de ahora... creo que ellos tuvieron algo que ver, pero es todo lo que he encontrado.  Es difícil hablar con los elfos.

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